sábado, 21 de agosto de 2010

Robles de Piedralaves



En Piedralaves, bajo  los imponentes riscos de Lanchamala, en las faldas del cerro Sarnosa, entre un mar de pinos, aún queda un pequeño bosque de robles centenarios, al que se accede fácilmente desde la pista forestal que rodea el embalse. En el camino podemos encontrar muchos con troncos de más de 1 metro de diámetro. 


El mayor, con casi 5 metros de perímetro y un tronco hueco donde caben dos personas abrazadas, está arriba del todo, en la última pradera del cerro. 




El roble es el árbol mitológico por excelencia. Tanto griegos como romanos asociaron el nombre del roble al dios principal, Zeus (Júpiter), padre de los dioses y de los hombres, dios del cielo, del rayo y de la lluvia, amontonador de nubes. El roble es uno de sus atributos, junto con el rayo, el águila y  el toro. 

El oráculo de Dódona, en Epiro, consagrado a Zeus,  tenía un roble sagrado de cuyas hojas y  ramas los sacerdotes interpretaban los susurros. De una rama de este roble, tallada por Atenea, era la proa del barco que Jasón y los Argonautas utilizaron en su viaje en busca del vellocino de oro. 

Igualmente,  en el templo de Júpiter en Roma, había un roble a cuyos pies los ciudadanos presentaban sus ofrendas. Y probablemente de roble era la rama de oro que permitió a Eneas transitar por el Hades en busca de su padre muerto, pues para los griegos y romanos, como para muchos otros pueblos, el roble era signo de fuerza y valentía. Por eso también el roble era el símbolo del poderoso Hércules.


Pero la historia más bella de la mitología romana asociada al roble es la de Baucis y Filemón, una pareja de enamorados campesinos, los únicos que dieron hospitalidad y alimento a Júpiter, cuando éste, acompañado de Mercurio,  iba recorriendo Frigia con apariencia humana. Como recompensa por su comportamiento, Júpiter los salvó del diluvio y prometió concederles un deseo. Ellos sólo pidieron morir al mismo tiempo. Júpiter entonces los dejó como guardianes del templo en que convirtió su cabaña. Cuando llegaron a viejos, sin llegar a morir, a Baucis empezaron a crecerle hojas y ramas de tilo, mientras que a Filemón le crecían de roble, y las ramas de los dos árboles se unieron en un solo tronco, que desde entonces permaneció durante muchos años a las puertas del templo.


El otro ejemplo de posición preponderante del roble se encuentra en la mitología celta. El roble está en el centro del calendario, cada uno de cuyos meses se representa por un árbol. El mes del roble comprende desde el 17 de abril al 15 de mayo de nuestro calendario, y tiene su cénit el primero de mayo, el día de la fiesta de Beltaine; la noche anterior, la noche de Walpurgis, se prendían las hogueras en lo más alto de los cerros.


Plinio, en su Historia Natural, cuenta que nada hay más sagrado para los druidas que el muérdago y el árbol sobre el que crece, el roble…Tras haber preparado los sacrificios y los banquetes bajo los árboles, traen dos toros blancos cuyos cuernos han sido vendados. Con su túnica blanca un druida sube al árbol para cortar el muérdago con su hoz de oro, otros vestidos de la misma manera lo reciben. Después matan a los animales del sacrificio y rezan para que el dios les recompense esta ofrenda con sus dones. El muérdago, la planta parásita que se alimenta del roble y de otros árboles, era recogido por los celtas con fines medicinales y mágicos, y se asociaba a la fertilidad y al amor. Pero también al roble se le atribuían propiedades curativas, la capacidad de sanar a los enfermos tan solo frotándose con su tronco, o de curar las hernias de los niños mediante un curioso ritual (en Galicia se abría el tronco de un roble joven y se hacía pasar por el hueco al herniado; luego se fajaban tanto el árbol como el niño y si el árbol se cerraba el niño sanaba).



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